La actividad agrícola en Uruguay atraviesa un período complejo, marcado por márgenes reducidos y una recurrente sequía que impacta los rendimientos. Si bien la situación es desafiante, especialmente para cultivos como la soja y el maíz, se vislumbran posibles vías de recuperación.
En las regiones al sur del río Negro, las precipitaciones de este verano han sido escasas y tardías, augurando una campaña de equilibrio o, más probablemente, de pérdidas para los productores de soja y maíz. Aunque la evaluación final aún está en curso, el daño se considera irreversible en ciertos puntos, y las estimaciones preliminares sugieren mermas cercanas a los US$ 500 millones. Esta adversidad tendrá repercusiones significativas en las exportaciones, los ingresos fiscales y la situación financiera de los agricultores. Un productor local con vasta experiencia en maíz, aunque ahora con riego, señaló que «al sur del río Negro, el agua fue poca y llegó tarde». La merma en la producción de maíz y soja será notoria en el centro y oeste del país, llevando en muchos casos al abandono de cultivos para grano, destinándolos a silo, con rendimientos ya irrecuperables.
Paralelamente, los productores de arroz inician una cosecha con perspectivas productivas generalmente buenas, aunque con incidentes de granizadas y acame por vientos fuertes, además de cierta escasez hídrica local debido a la alta evaporación. Para los arrendatarios de tierra y agua, la viabilidad económica exige rendimientos superiores a los 10.000 kilos por hectárea, un umbral muy alto para alcanzar el punto de equilibrio. El panorama es similar para el trigo, donde, si no se logran rendimientos de al menos 5.000 kg/ha en el próximo otoño –cifra considerablemente superior a la de países como Estados Unidos–, la solvencia económica se verá comprometida. La dificultad principal para estos cereales no reside en la productividad en sí, sino en los elevados costos de producción en Uruguay, que, sumados a los bajos precios internacionales, establecen un listón muy alto. Muchos agricultores que arriendan tanto tierra como agua se ven forzados a continuar, incluso con números desfavorables, ante la premisa de saldar «deudas de grano con grano». Sin cambios en los precios de arroz y trigo, la agricultura enfrentaría problemas de índole comercial más que productiva.
El sector de soja y maíz de secano está siendo nuevamente afectado por la sequía, tras un difícil 2023 del que logró recuperarse. La persistencia de esta situación genera preocupación, aunque se espera que el sector demuestre su resiliencia una vez más. Las pérdidas actuales son significativas, tanto en comparación con la campaña anterior –que disfrutó de condiciones pluviales casi ideales– como frente a los rendimientos potenciales proyectados a inicios de año. La situación se deterioró progresivamente desde enero, y a mediados de febrero, la realidad es heterogénea y en algunas áreas, crítica. Se anticipa una caída en la producción de soja, de los 3,9 millones de toneladas del año pasado a unos 2,9 millones, o incluso menos, lo que representa una merma de un millón de toneladas valorada en aproximadamente US$ 380 millones. Para el maíz, la producción máxima podría ubicarse en 1,5 millones de toneladas, o más probablemente en 1,3 millones, en contraste con los 2 millones del año pasado; una cifra de 1,5 millones ya implicaría una pérdida de alrededor de US$ 100 millones. Al considerar también los perjuicios en la ganadería y la granja, la estimación provisional de US$ 500 millones en pérdidas totales parece plausible, siempre que no haya una regularización de lluvias en marzo, algo poco probable según los pronósticos actuales.
Los veranos se tornan cada vez más impredecibles. A pesar de los pronósticos de un fenómeno La Niña, a menudo subestimados, la intensidad del calor, la luminosidad y la escasez de lluvias de este verano no son una sorpresa, dadas las previsiones de primavera. Desde la segunda semana de enero hasta principios de marzo, las precipitaciones al sur del río Negro han sido escasas y erráticas, con altas temperaturas que se mantendrán durante la primera quincena de marzo. Esta confluencia de desafíos productivos en soja y maíz, sumada a los bajos precios de trigo y arroz, sitúa a la agricultura en una posición delicada, aunque con ciertos amortiguadores. La demanda ganadera, por ejemplo, actúa como un soporte para los precios del trigo, la cebada forrajera y el arroz, si bien el área sembrada con estos cereales podría reducirse este año. Particularmente preocupante es la situación en algunas zonas al sur del río Negro, que acumulan ya cinco temporadas de escasez hídrica. La tendencia indica que los veranos son progresivamente más riesgosos, especialmente en el tercio sur del país. Las lluvias, que suelen formarse en regiones tropicales, llegan con menor fuerza a esta área. La reiteración de déficits hídricos en localidades como Ombúes de Lavalle, Solís de Mataojo, Soca y otras zonas de Canelones, ha captado la atención de los expertos meteorológicos, quienes estudian las asimetrías y causas de las precipitaciones en Uruguay en los últimos años.
La disminución en el tonelaje de maíz, contrastando fuertemente con la campaña anterior de precios estables (cerca de US$ 200/ton) y robusta demanda de proteína animal, ya está generando una dinámica de mercado distinta. Aunque esta caída productiva elevará el precio interno del grano, impactando negativamente los márgenes de los sectores avícola y lechero si mantienen sus precios, la ganadería vacuna, con sus altos precios actuales, se erige como un pilar fundamental de la resiliencia agrícola. El sector ganadero consumirá el máximo posible de maíz, trigo, cebada, sorgo y arroz, estableciendo un «precio piso» para el trigo y el arroz, y elevando el valor del maíz a la paridad de importación, lo que beneficia a los productores locales. Esta situación es particularmente ventajosa para quienes cuentan con riego, que, al lograr altos rendimientos, pueden facturar significativamente más que el año pasado. Para los agricultores de secano, esta demanda asegura al menos una salida a precios aceptables. A pesar del aumento en los costos para la ganadería, la situación es favorable, con precios récord en casi todas las categorías. El sector de engorde a corral, con valores cercanos a US$ 6/kg, absorberá grandes volúmenes de maíz y, probablemente, cantidades históricas de trigo y arroz a nivel local. Con el novillo gordo pagándose a US$ 3,10/kg (US$ 3.100/ton), es viable pagar hasta 15-17 kg de trigo o arroz por kilo de novillo (con granos a US$ 180/ton), facilitando la inclusión de cereales en la dieta animal en su máxima expresión. La industria cárnica, en su afán por optimizar ciclos ante un mercado internacional propicio, impulsa esta demanda. Se prevé, entonces, una diversificación y ampliación sin precedentes en la demanda de granos para alimentación animal, dado que el maíz podría costar entre US$ 80 y US$ 100 más por tonelada que el trigo y el arroz. Hugo Zurbrick, un agricultor, resaltó esta «alianza entre ganadería y agricultura» como mutuamente beneficiosa, estimando que si la ganadería consume un millón de toneladas de maíz, los productores de este grano recibirían US$ 50 millones adicionales (US$ 50/ton). La agricultura de secano, en muchos casos, se transforma así en proteína animal dentro del mismo predio. Una tercera fuente de resiliencia proviene de los buenos precios de los aceites, que favorecen al girasol, mejoran ligeramente el precio de la soja (de US$ 360 a US$ 380/ton) y prometen márgenes en los cultivos de invierno como la colza, carinata y camelina. La mejora genética del maíz y el aumento del riego son otros factores clave de resiliencia. El agricultor y regador Daniel Rubio observó rendimientos aceptables de maíz (5.000 a 6.000 kg/ha) incluso en zonas con escasez de agua, evidenciando la capacidad de respuesta de la genética. Para quienes tienen riego, la inversión se ve ampliamente justificada, con proyecciones de 13-14 toneladas de maíz y 5,5 toneladas de soja por hectárea, beneficiándose de mayores precios respecto al año anterior. Para los no regantes, el girasol se perfila como la mejor opción de secano: resistente a la sequía, de bajo costo de implantación y con potencial de alcanzar US$ 600/ton si se logran altas concentraciones de aceite. Con una exitosa siembra de invierno y las lluvias que podría traer El Niño en la próxima primavera, se espera que el sector supere esta coyuntura, aunque con tensiones por el aplazamiento de pagos. Las oleaginosas compensarían la reducción de áreas de cereales. Sin embargo, la fragilidad financiera persistirá, y Uruguay podría enfrentar un retroceso exportador y un incremento inflacionario en los próximos meses, ya que la sequía impacta vegetales de consumo masivo como limones y tomates, cuyos precios ya están al alza.
La incertidumbre es alta, con marzo como mes clave. El destino de la soja y los maíces tardíos dependerá de una eventual estabilización de las lluvias en la etapa final de sus ciclos, aunque las proyecciones climáticas a corto plazo no ofrecen garantías. La posibilidad de una única lluvia antes de finalizar febrero deja abierta la preocupación sobre la productividad. Las estimaciones del mercado sugieren un rendimiento promedio nacional de soja que no superaría los 2.300 kilos por hectárea, un descenso de casi una tonelada respecto al año anterior. Resta evaluar el impacto final de este verano de «Niña débil» pero perceptible. Para los maíces de secano, los rendimientos podrían caer de 7.000 a 5.000 kg/ha. No obstante, lluvias adecuadas en marzo podrían aún recuperar los maíces más tardíos y la soja (algo improbable en la primera semana). Tras una campaña de invierno 2025 con buenos rendimientos de trigo y cebada, pero con precios inferiores a US$ 200/ton, se anticipa otra zafra de cereales cercana al punto de equilibrio, dependiendo de las condiciones climáticas. La agricultura acumula zafras donde los márgenes son estrechos, con ganadores y perdedores. La campaña de verano también se perfila como de empate solo para los arroceros más eficientes, y de contrastes regionales: favorable para productores de Río Negro, Paysandú, Salto y Tacuarembó, pero adversa para las zonas de suelos más fértiles en Colonia, Soriano, San José o Canelones. Una posible compensación para la soja, si logra rendimientos aceptables, podría venir de la firmeza sostenida de los precios de los aceites. Si EE.UU. aumenta drásticamente el mandato de biocombustibles, como se prevé, la soja podría alcanzar los US$ 400, cubriendo los costos de quienes logren 2.000 kg/ha.
A nivel macroeconómico, la facturación del maíz en un año de lluvias favorables podría alcanzar los US$ 420 millones, con 300 mil hectáreas produciendo un promedio de 7.000 kilos, resultando en 2,1 millones de toneladas a un precio neto de US$ 200 para el productor. Sin embargo, debido a la disminución de rendimientos y áreas no cosechadas, se estima que la facturación final se situará en US$ 360 millones. La reducción de área y rendimiento se ve parcialmente mitigada por un mejor precio. Con una superficie de 250 mil hectáreas y un promedio de 6.000 kilos, la producción se acercaría a 1,5 millones de toneladas, cifra inferior al consumo anual que supera los dos millones. Este rendimiento promedio nacional de 6 toneladas es heterogéneo, con 5.000 kg/ha en secano (unas 270 mil hectáreas de intención de siembra) y más del doble en las aproximadamente 30 mil hectáreas bajo riego. Si los precios alcanzan la paridad de importación, podrían situarse en US$ 240/ton a levantar, superando los US$ 210/ton ya acordados. Así, con un rendimiento de 5.000 kg/ha en secano y sumando los cultivos irrigados, la facturación global podría derivar de una producción de 1,25 millones de toneladas (basada en 250 mil hectáreas a 6.000 kg/ha y US$ 240/ton). Hasta la fecha, la agricultura ha funcionado con un dólar por debajo de los $40 gracias a rendimientos excepcionales en el verano anterior, buenos rendimientos de trigo, y la calidad de la cebada y las oleaginosas de invierno como el girasol, que mantienen un precio internacional elevado.
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